jueves, 28 de octubre de 2010

La bondad de las personas

4.15 a.m. Hacía tiempo que no me pasaba por este confesionario nocturno y he elegido esta noche tan singular para reaparecer. ¿Noche singular? Pues sí, la madrugada del 27 al 28 de octubre me ha servido para ir despejando muchas incógnitas de mi cabeza. Últimamente me preguntaba por qué he elegido siempre ir detrás de las personas antes que de las empresas. Por qué prefiero guiarme antes por los sentimientos que por la cabeza. Y eso que no es fácil navegar contra corriente en la sociedad actual, en la que imperan intereses de lo más variado. Sin embargo, en mi caso, ha sido habitual ir contra las normas no escritas que, desgraciadamente, rigen el funcionamiento de la vida cotidiana. Por encima del temor a represalias puntuales. A lo largo de mi vida he pasado por varias rachas negativas, que felizmente ya forman parte del pasado, pero que no conviene olvidar para que la buena voluntad no se ponga en entredicho.

Y este verano no ha sido una excepción. O quizás sí, ha sido la excepción porque me ha demostrado que no soy el único. Hay muchas personas que se rigen por valores parecidos a los míos y que prefieren guiarse por sentimientos como la amistad, el compañerismo o la solidaridad de una forma generosa. Este verano he descubierto que, incluso en plena tempestad, alguna empresa sigue unos valores parecidos a los míos. Ya lo suponía. Tampoco es tan complicado. Al fin y al cabo, las empresas son lo que son sus trabajadores. Tener en cuenta esta premisa es el primer paso para hacer bien las cosas. El tiempo se encarga de hacer justicia y de demostrar el acierto que supone portar la bandera de la amistad. Para ser mejor persona no hay que preguntar a los demás. Simplemente hay que sentirse buenas personas y actuar sin dobles intenciones. Así de simple. De lo contrario recibirás una cura de humildad tras otra.

Un buen amigo, con el que no he compartido tantas horas como desearía pero cuya compañía nunca he dejado de sentir, me ha dejado muy claro que nunca se puede dudar entre las empresas y los amigos. Yo nunca lo he hecho, simplemente reflexiono sobre el por qué de mi elección en la vida. Son esas reflexiones trascendentales que te sueles hacer alguna vez. Y cada día que pasa me demuestra que mi elección ha sido la correcta. A mi amigo le debió de ocurrir algo parecido porque le impidieron actuar con libertad durante un tiempo. Sin embargo, el golpe sobre la mesa que dio un amigo suyo hace unos meses le reencontró con sus valores. Le reencontró con el verdadero significado de la palabra amistad. Una palabra tan grande a la que no se pueden fronteras ni precio, por eso un escuadrón de amigos decidió seguir su mismo camino por encima de presiones y ataques de vanidad puntuales. Entonces todo cambió. El cariño y el respeto que todos sentíamos hacia una empresa ha emigrado para sentir la misma devoción e idéntica simpatía por otra compañía, hacia la que además hay que sentir agradecimiento porque fue capaz de unir los valores que la maldad quiso romper en un tiempo de infausto recuerdo.

Me han despertado, me han quitado la venda, me han abierto los ojos y me han invitado a proclamar a los cuatro vientos que la prepotencia, la chulería y el egoísmo no son buenos compañeros de ruta. A mí me han enseñado que el contenido del cesto es tan importante como el cesto. De nada te sirve tener un buen cesto si lo llevas vacío o con un contenido putrefacto. Por supuesto que creo en los cestos, pero creo más en su contenido. Porque yo prefiero seguir antes a la familia, a los amigos y al corazón. Tengo muy clara mi elección y nunca la cambiaré ya que es la que mejor se ajusta a mis inquietudes, pensamientos y objetivos. Lo demás no me interesa. Al fin y al cabo, se trata de algo tan sencillo como volver a lo bueno. Nunca a lo malo. Y como la música llega adonde no llegan las palabras, para todos aquellos que no tienen miedo a guiarse por sus sentimientos, va dedicado el "Back for good" de Take That, la canción preferida de mi amigo y la banda sonora de mis sentimientos.