Absténganse los culés más jóvenes de continuar leyendo esta crónica. Puede herir su sensibilidad. El Barcelona cayó ayer en la Copa de Europa de la manera más cruel. Víctima de un gol de ese al que llamaban "Fallando" Torres. De un muchacho de Fuenlabrada de eterno aspecto infantil. Un futbolista acostumbrado a vivir permanentemente en el alambre, en las dudas, en un pero continuo. Por cada halago recibe un palo. Que si tiene grandes condiciones técnicas y físicas, pero le cuesta convivir con la presión; que si tiene mucho futuro, pero no se merece ser una estrella porque el Chelsea pagó demasiado por él (58,5 millones de euros); que si asume muchas responsabilidades y tiene mucho futuro, pero le falta instinto asesino y es la eterna promesa... Pues si no quieres taza, toma taza y media. Ayer, Torres les dijo a sus detractores "aquí estoy yo" y se reivindicó en el Camp Nou para caldear aún más el ambiente de una olla a presión en la que El Niño quiso administrar la dosis letal al Barça.
El partido fue una película de suspense, que tuvo ritmo rápido, acción frecuente, héroes ingeniosos y poderosos villanos. Máxima tensión. Alto riesgo. Un vertiginoso guión que se comenzó a escribir desde los minutos previos al inicio del encuentro gracias a la piña de los azulgranas y al ambientazo en las gradas del Camp Nou. Y en cuanto echó a rodar el balón, se dispararon las pulsaciones. El Barcelona tomó el control del esférico y comenzó a acosar la meta de Petr Cech. Pero la noche tenía preparadas fuertes emociones para los culés. Era un encuentro no recomendado para menores de 12 años. Tampoco para los más mayores por aquello de los peligros de los corazones cuando hiperventilan en exceso. Fruto de esa incertidumbre llegó un choque que revolucionó los corazones de la "gent" blaugrana. Valdés salió con todo a despejar el balón tras un saque en largo y se llevó un trompazo con su compañero Piqué, que permaneció tendido en el terreno de juego durante varios angustiosos minutos. Fue tan duro este choque que Piqué se quedó groggy y, después de varios dimes y diretes con Guardiola, tuvo que abandonar el terreno de juego para dejar paso a Alves, que hizo las veces de lateral.A pesar de la mala noticia de la retirada de Piqué del frente de batalla, la táctica de máximo ataque del Barça no se detuvo. Continuaron las aproximaciones a la portería del equipo inglés, aunque en cada descuido defensivo, el eterno y solitario delantero de los blues, Didier Drogba, causaba estragos. En una de sus llegadas, el marfileño se fue de Piqué tras un saque en largo de Cech y, tras escorarse demasiado, no pudo superar a Valdés. A partir de esta jugada, el partido fue un monólogo del Barcelona. Parecía un partido de balonmano. El Chelsea se convirtió defendió con diez hombres que se plantaron en la frontal de su área y al Barcelona no le quedó más remedio que mover con paciencia el balón de un lado a otro para crear situaciones de superioridad hasta batir a Cech. Absoluta perseverancia de los azulgranas hasta que se abrieron las aguas gracias a una incursión de Isaac Cuenca por la izquierda, sirvió un pase atrás a Busquets que, con frialdad, mandó a la red. No se terminaron aquí las buenas noticias para los hombres de Guardiola porque no habían pasado ni dos minutos del gol de "Busi" cuando llegó la fechoría de Terry, que fue expulsado merecidamente por un absurdo rodillazo sobre Alexis sin balón de por medio. Se prodigaba así la leyenda negra del capitán del Chelsea en la Liga de Campeones después de fallar el penalti decisivo contra el Manchester United en la final de la Champions League de 2008.
El rugido del Camp Nou fue el grito de un King Kong furioso, que no se conformaba con cazar a la presa menor. Después de completar la primera parte del objetivo con el gol de Busquets y de cobrarse la pieza de John Terry, el Barcelona no se resignó y quiso destrozar a su oponente. Nadie quería que se repitiera el guion de la recordada eliminatoria frente al Inter en 2010. Y llegó el gol de Iniesta tras una extraordinaria asistencia de Messi, que ayer volvió a ser determinante en la labor creativa sin necesidad de prodigarse en exceso en la búsqueda del gol. Así se parecían conjurar todos los maleficios y espantar los fantasmas de perder la opción de jugar la final de la Copa de Europa la misma semana en la que se produjo la pérdida virtual de la Liga por la derrota contra el Real Madrid. El Barcelona estaba matemáticamente clasificado y muchos pensaban que otro Iniestazo volvería a resultar mágico y decisivo. Perfectamente engrasada, la maquinaria azulgrana funcionaba a las mil maravillas y parecía que esta historia iba a tener un final feliz. Un 2-0 era un óptimo resultado para llegar al descanso. En éstas apareció la conexión Lampard-Ramires. La defensa del Barça se abrió en canal y dejó en posición franca al brasileño, que se plantó con total tranquilidad ante Valdés al que superó con una vaselina perfecta. El suspense volvía a hacer acto de presencia en el coliseo azulgrana. Guardiola estaba frenético. Al igual que en Stamford Bridge, un contraataque del equipo inglés le había costado un gol. De nada habían servido los concienzudos análisis de los errores encadenados que costaron el gol de Drogba en el partido de ida.
Con el mazazo del inesperado gol de Ramires, se llegó al descanso y los futbolistas de ambos equipos afrontaron el intermedio francamente sorprendidos por el desarrollo de los acontecimientos durante el primer asalto. La superioridad del Barça era tan evidente como el golazo de Ramires, pero la reacción azulgrana no se hizo esperar. Al inicio del segundo periodo, el tiempo se congeló en el corazón del área del equipo londinense, Drogba derribó a Cesc y el árbitro señaló al punto de penalti. Pena máxima favorable al Barcelona que lanzó Messi y que se estrelló en la escuadra derecha. El argentino ha fallado tres de 13 penaltis lanzados con el Barça en esta temporada. Falló ante Sevilla (Liga), Valencia (Copa) y ayer ante el Chelsea (Europa). El partido se había convertido en una montaña rusa de emociones. El Camp Nou miraba continuamente la hora y los minutos pasaban de manera vertiginosa. Se sucedían las ocasiones azulgranas pero no había manera de superar el entramado defensivo que había dispuesto Roberto di Matteo. El guión resultaba muy angustioso y contrario a los intereses de la afición que llenaba las gradas del Camp Nou. Y la puñalada final estaba por llegar.
Al contrario de lo que sucede en muchas películas de guión fácil, esta película no tuvo final feliz. Y llegó de la manera más cruel. Con un protagonista inesperado con el que solo contaban los madridistas más optimistas y los culés más pesimistas. Fernando Torres ingresó al terreno de juego, tomó el testigo del trabajo que había realizado un incombustible jabato llamado Drogba, reciclado al lateral izquierdo, y se quedó con las orejas tiesas a la expectativa de aprovechar algún contraataque para establecer la igualdad. Los minutos pasaban como centellas para la afición del Barça y, en plena impotencia culé, Torres cazó un balón en el centro del campo y se fue en carrera a por Víctor Valdés al que encaró, regateó y batió en una jugada que recordó a la del gol de Raúl en la final de la Copa de Europa del año 2000 contra el Valencia.
El fútbol tenía una deuda con el Chelsea desde que perdió trágicamente la final de la Champions de 2008 con el Manchester y cayó eliminado en las semifinales de la edición de 2009 con el Barça. Ayer, el Chelsea se cobró esa deuda y pudo haber finiquitado un ciclo glorioso del Fútbol Club Barcelona. Y lo hizo como llegan las muertes más dolorosas: con cara de niño.



