¡Cómo pasa el tiempo! Fue el año pasado y parece que fue hace un siglo. ¿Consecuencia del vértigo de la actualidad, que dejó en segundo plano la noticia, o del egoísmo del ser humano? Sea lo que sea, ya han pasado más de 365 días desde que un terrible terremoto sacudió a una pequeña república de las Antillas. El 12 de enero de 2010, un país llamado Haití fue golpeado por un seísmo de magnitud 6.9 grados en la escala Richter, el más severo en 200 años para este territorio de Centroamérica. El epicentro del temblor fue cerca de la capital, Puerto Príncipe. Se ha estimado que el número de muertos llegó a más de 300.000 personas y más de 1 millón quedaron damnificados. Estos datos, sacados de Wikipedia, dan una idea de la desgracia sufrida por un pequeño estado que, un año después, está tratando de cerrar muchas cicatrices.
El enfermo aún está convaleciente. Nadie lo puede negar. Antes he podido leer en un periódico un testimonio que da que pensar sobre la terrible desgracia que se cebó con Haití. "No se me borra el olor a cadáver", señala un español que trabajó en labores humanitarias en el país hasta hace escasas fechas. Produce escalofríos leer las declaraciones de las personas que vivieron de primera mano la desgracia. Hay que tener mucha sangre fría para no venirse abajo ante semejante panorama y continuaron su participación en las operaciones de rescate. El esfuerzo de todos los voluntarios que han ayudado y siguen ayudando a que ese país cure sus heridas, merece todos los elogios del mundo. Es admirable la generosidad de aquellas personas que, dejando a un lado todas las comodidades de su anterior vida, se fueron a Haití para ponerse a disposición de las víctimas de un terremoto y contribuir a la reconstrucción de esta nación centroamericana.Un año después, el foco de la actualidad ha vuelto a mirar a Haití. Entre el torrente de informaciones que llegan desde la zona, llaman la atención las historias personales, con nombres y apellidos que relatan el particular martirio que han sufrido desde hace más de 365 días. Es el caso de Libene Benjamin; un hombre delgado, alto, de 54 años, que ejerce de traductor, chófer y amigo de un grupo de periodistas que se han desplazado al país para explicar cómo está ahora la gente de Haití.
Vivir sin luz eléctrica, alumbrando las noches con velas, es una muestra de las terribles situaciones cotidianas a las que se enfrentan a diario los haitianos. Libene comparte su pequeño hogar con su esposa Lila Michelle, 6 años mayor que él, y con tres hermanas de ella. Bajo el mismo techo viven también sus cinco hijos y la hija de una de sus cuñadas. Una de las cosas que más me llama la atención de los países subdesarrollados es que casi todas las familias son numerosas. Debe de tener mucho mérito sacar adelante a los tuyos en estas condiciones.
“La vida en Haití es dura desde antes del terremoto. Hoy es peor y toda la basura que ves en la calle es porque la gente vive en las calles”, dice Libene sentado en la mesa de comedor de su casa. Aún así, Libene da gracias a Dios cada día porque toda su familia sobrevivió al terremoto. El fuerte movimiento de la tierra lo cogió en la calle. A Lili, en su trabajo. Ambos salieron corriendo para saber si los suyos estaban bien y afortunadamente lo estaban. “Cuando llegamos, gracias a Dios, no le había pasado nada a nuestra familia”, relata con un visible alivio. A Libene, el destino lo había premiado con la vida de todos sus familiares; no obstante, él no esconde su pesar y lamenta la pérdida de muchos conocidos que murieron por culpa del terremoto.Mientras relata su historia, Libene está cómodo, se siente en familia. Por eso se para y coge de la pared una placa de madera que le llena de orgullo. “Después del terremoto le pedí a Dios que me dejara salvar a algún atrapado entre los escombros", confiesa. No parece un reto muy sencillo, pero se le ilumina la cara al explicar que sus plegarias fueron escuchadas. Un día después del seísmo pudo salvar a una española que había quedado atrapada en un edificio. La operación de rescate le llevó 10 horas, pero el esfuerzo mereció la pena y logró salvar la vida de esta mujer. Por su valiente proeza, la organización internacional Médicos Sin Fronteras le concedió la placa que exhibe en la pared de su sala. “Me da mucha alegría esta placa”, afirma con un notable entusiasmo. No es para menos.
A continuación toma una pequeña linterna para mostrar el nuevo proyecto en el que se ha adentrado. Libene es pobre, pero decidió pedir ayuda a sus familiares y amigos para hacer bolsas con agua embotellada, comida y artículos de primera necesidad a repartir entre las familias con pacientes de cólera, una epidemia que se ha sumado a los males que sufren los haitianos. Con mucha satisfacción dice que ya ha preparado unas 200 bolsas para darles a los damnificados. Este gesto de solidaridad demuestra que la generosidad no tiene límites y se puede sobreponer a cualquier desgracia.
La emocionante historia de Libene es una de las múltiples historias que se pueden extraer de Haití, un país que intenta mirar al futuro a pesar de las innumerables dificultades con las que se encuentra cada día. Haitianos y voluntarios luchan codo con codo contra las adversidades. El reto no es sencillo. Se pueden construir casas, pero el esfuerzo para dotar al país de los servicios básicos (saneamiento, escuelas, centros hospitalarios), se estima que va a durar entre 10 y 15 años. Una batalla de gran complejidad que necesita del apoyo de todos. Para conseguirlo ayudan iniciativa como la canción "Ay Haití" que interpretan cantantes del prestigio de Alejandro Sanz, Shakira, Juanes, Marta Sánchez y José Mercé, entre otros, además de futbolistas como Iniesta, Agüero, Kaká, Sergio Ramos y Forlán. Como homenaje a todos los que luchan porque los haitianos consigan levantar cabeza va esta canción por la que no pasa el tiempo.



