Intelectual, desprendido, dandy (no todos los jugadores y ex jugadores de baloncesto lucen una planta tan impecable, con o sin traje), conversador, listo (muchísimo, tanto que sería más aplicable utilizar el término inteligente), superviviente y oportunista, si se permite el término superviviente para definir a un deportista permanente que ha sabido cambiar de rol en función de los distintos escenarios por los que ha pasado. Porque él ha demostrado cómo se puede llegar a ser un hombre de buen vivir lejos del primer plano de las canchas. Porque la buena vida siempre es compatible con el buen baloncesto, el del máximo nivel.
Hubiera podido ser lo que él hubiera querido, pero se cruzó en su camino el balón grande. "En mi familia, mi hermana mayor, la persona que me sirve mucho de ejemplo, y mis hermanos mayores hacían todos atletismo, balonmano y baloncesto. Les seguí los pasos y allí empezó todo a los 12 años". La familia, siempre aparece la familia en el camino de los deportistas. Y, en la mayoría de los casos, como éste que nos ocupa, para bien. A partir de aquí, Anicet Lavodrama comenzó su particular partido por las canchas.
El resto es una aventura que le llevó en 1988 a competir en los Juegos Olímpicos de Seúl. De su generación son Divac y Radja, contra los que compitió su selección (República Centroafricana) en esa cita. El propio Lavodrama cuenta maravillosas anécdotas de su aventura olímpica: "Hice un mate con defensa en zona y durante el partido me preguntaron si jugaba en la NBA, lo que para mí fue un gran cumplido”. Si de mates hablamos, y no nos referimos a la infusión paraguaya, Lavodrama tiene mucho que recordar: "A mí me encantaba pasar sin que el rival lo esperase, pero es cierto que pasé a la historia por mis mates y tapones. Hay momentos en los que te sientes explosivo, recuerdo cuando hice un mate tras un ‘alley oop’ que fue muy importante para mi Universidad de Houston Baptist".
Y si menciono las habilidades ajenas es porque Lavodrama jamás ha tenido problema para enseñar a los demás. “Me gusta enseñar y algunos compañeros me han dicho que debería dedicarme a entrenar; he participado en campus de formación de niños en Estados Unidos, España y África. Es una sensación que me encanta”, destaca este centroafricano que puede presumir de haber sido búho y esponja a lo largo de su carrera. Así comenzó a destacar en la República Centroafricana y así coincidió en 1979 con un entrenador estadounidense de Carolina del Sur, llamado Christopher Pond, en la selección senior. Él le hizo el ofrecimiento de irse a estudiar a Estados Unidos, donde podría continuar sus estudios del COU (que era lo primordial para él). Allí comenzó una aventura que construyó una leyenda, que el propio Lavodrama se encarga de alimentar, alterando las anécdotas y fingiendo, según el humor, una traviesa mala memoria.
Con esa osadía se formó en en la República Centroafricana, el mejor entorno para el baloncesto, un país que se convirtió en un vivero para la NBA. Lavodrama lo vivió en sus propias carnes porque desde allí, se fue a Houston. Su historia es parecida a la de otro gigante del baloncesto, un tal Hakeem Olajuwon, al que Christopher Pond también bendijo y le propuso lo mismo. Hakeem aceptó y le aconsejó a su colega, con el que le unían mutuos lazos de respeto y amistad, que hiciera lo mismo, pero Anicet siguió su propio camino. “Los entrenadores me decían que yo era más intelectual que Olajuwon y que mi deseo por aprender era más cultural", recuerda este pensador de las canastas, que tuvo como gran espejo a su hermana mayor, jugadora de baloncesto y balonmano. Entre risas, Lavodrama evoca un hecho que demuestra su talento persuasivo: "Empezaron a jugar al basket mis dos hermanos mayores y les llevaba las bolsas. Yo empecé practicando el atletismo, hasta que a los 11 o 12 años comencé a jugar al baloncesto."
Si fuera un tipo normal le definirían sus títulos. Sin embargo, tanto como ellos, o más incluso, le define su carácter hercúleo, dentro y fuera de las canchas. Es un filósofo del baloncesto con una personalidad inquebrantable. Es una ´rara avis´ del mundo de la canasta que pudo disfrutar de una etapa inolvidable en la NCAA (La liga universitaria de Estados Unidos). "Fue una experiencia muy significativa a nivel de formación personal, de perspectiva de mi vida adulta y profesional, y una fase que me permitió ver todas las posibilidades que un joven podría tener buscando su formación académica al mismo tiempo que podía seguir mejorando y compitiendo en un entorno tan estructurado y con tantos medios y recursos a la disposición del deporte", cree Lavodrama que concibe el sistema de la NCAA como "el mejor sin duda para que un joven, con las ideas claras y siendo consecuente, pueda ver que se puede conseguir muchísimo, tanto académicamente como en el deporte de su elección. Luego, la sociedad estadounidense da el estímulo de la competitividad en todo los ámbitos". No obstante, precisa que "hay que saber gestionar la intensidad y dureza de esto".
Pero no es mi intención contar aquí su historia, entendida como un relato detallado de su vida y milagros, sino la mía. Conocí a Lavodrama desde la posición privilegiada de observador esporádico y de tertuliano ocasional. Así pude apreciar con nitidez la fotografía personal de un africano, de un negro, que es un ejemplo de experiencia y convivencia enriquecedora con distintas razas, nacionalidades, ideologías políticas y religiones variopintas. Así empezó a fraguar su convicción de que "la mayor problemática de la sociedad hoy en día es la crisis de identidad permanente del ser humano. Su identidad de cara a su percepción de él mismo y de los demás, y en relación a la percepción de los demás de él".
Desde mi privilegiada posición, en el segundo plano, aplaudí con rabia cuando tocó. El motivo es que siento un enorme respeto por este viejo profesor. Habrá quien diga que le he pillado con las uñas gastadas. Podría ser. No pongo en duda su crueldad llegado el caso; así imagino a todos los personajes que él me recuerda: dueños de casino en Las Vegas, rapero del Bronx, campeón de los 100 metros lisos. Pero sobre todo me recuerda a un corredor de bolsa. "Mi idea era ser corredor de bolsa, pero me dijeron que tenía que llegar a la NBA por mi talento". Si no fuera por el color de su piel, lo habría confundido con Kevin Spacey en "Margin Call". Sin embargo, igual que acepto las opiniones desfavorables hacia los brokers, defiendo la desinteresada amabilidad de este firme candidato a broker hacia quién no tenía que darle más que las gracias; conmigo en este caso. Desde esa sintonía tan imprevisible como hacerse entrenador de baloncesto en los años 30, incluso corredor de bolsa en esta época de crisis, he escuchado a Lavodrama y me he quedado con ganas de más. Sin que haya visitado la luna (que se sepa), sus vivencias pertenecen a otro planeta, el de aquella África, el de aquel baloncesto y el de aquel mundo.
Se da por sabido que Lavodrama no es un ególatra, y él juega con esa convicción. No obstante, no tengo claro si es el ególatra más humilde de cuantos existen o el humilde más ególatra. Igual se declara un genio (“Es un orgullo haber sido ‘drafteado’ antes que Sabonis, que ha sido uno de los mejores pivots del mundo”) que un impostor (“Me hubiera gustado medir 2.05 metros, pero me quedé en 2.02”). Sabe mucho de casi todo, pero se exhibe poco y le gusta más escuchar que escucharse, defender argumentos y rebatirlos. Es por eso que reclama, casi antes que cualquier cosa, buenos conversadores.
Por buena conversación y buena presencia demuestra a la perfección el saber estar característico de un personaje que ha alcanzado el punto de madurez exacto, a medio caballo entre lo pasional y lo profesional. Un modelo de vida que sirve de ejemplo para que la sociedad actual destierre de una vez por todas la palabra racismo de su vocabulario. Ya lo dice el propio Lavodrama: "No tengo ningún problema con ninguna persona por su origen. Cuando pones cinco niños de distintos orígenes, juegan; el problema lo tienen los adultos. Me parece absurdo odiar a alguien basándome en su raza".
Conclusión (mi conclusión, para ser más preciso): la aspiración de cualquier gran club no debe ser que en sus filas haya un crack de primer nivel. La aspiración de cualquier institución histórica, como los Lakers o los Bulls, debe de ser reunir a un equipo campeón y esa congregación ganadora es mucho más complicada que dar con un genio solitario. Debe de haber muchos genios que sepan jugar en equipo, muchos Anicet Lavodrama que, haciendo bandera de la educación y el conocimiento, tengan las suficientes agallas para decirle que no a a la mejor liga de baloncesto del mundo: la NBA.



