

Cayó el Barça, goleó el Madrid y la gran pregunta de las últimas semanas comienza a ganar protagonismo. ¿Hay Liga? La bajada del rendimiento del Barcelona es un hecho incuestionable, ya no es ese equipo electrizante y contundente al que nadie era capaz de echar el guante y que asombró al fútbol español. Y el Madrid, tal y como se vió en los dos últimos partidos ligueros, no se derrumba fácilmente. Tiene casta y tiene juego, guiado por los precisos conceptos tácticos que marca Juande Ramos desde el banquillo. Desde la llegada del nuevo entrenador, el Real Madrid sólo ha conocido la derrota en una ocasión. Fue en el Camp Nou, ante el Barça (2-0), en el pasado mes de diciembre, después de un partido vibrante en el que los blancos aguantaron heroicamente las embestidas de Eto´o, Messi y el resto de la tropa azulgrana. Y a punto estuvieron de dar un gran susto a los culés si el holandés Drenthe no hubiera fallado un mano a mano ante Víctor Valdés. A partir de aquí, el Madrid metió la directa y ha encadenado nueve victorias consecutivas. Todo un récord que calienta la pelea por el título de Liga.
Las consecuencias de la reacción blanca son imprevisibles. La documentación más fiable al respecto nos recuerda lo sucedido en el campeonato de hace dos temporadas, con Fabio Capello en el banquillo merengue, que encabezó el renacimiento. Éste fue un caso indudablemente divino porque los resucitados se presentaron ante sus verdugos, motivados por unas ganas terribles de darles un palazo a los enterradores y recorrer los terrenos de juego haciendo cortes de manga o, incluso, blandiendo motosierras después de las criticas recibidas tras un arranque liguero excesivamente mediocre. Casillas, Cannavaro, Roberto Carlos, Ramos, Beckham, Diarra, Guti, Raúl, Higuaín, Van Nistelrooy y Reyes capitanearon una revolución que encandiló al madridismo y fascinó a Ramón Calderón, que culminó su sueño de concluir su primera temporada en la presidencia con una Liga en el bolsillo. El inolvidable empate logrado en el Camp Nou (3-3) marcó un punto de inflexión en la fé madridista, que terminó por fulminar la cómoda ventaja que llevaba el Barça en la clasificación del campeonato.
El Madrid ha resucitado y, según voy tecleando estas palabras, recuerdo algunos recados recibidos en los últimos días por ser excesivamente agorero cuando daba por acabado el mito de Raúl y consideraba finiquitada la lucha por la Liga. Ahora me veo como un pobre pecador descreído, que volvió a cometer el pecado de vender la piel del oso antes de cazarlo. Con el Madrid, cualquier milagro es posible, aunque todavía no se haya producido. Como primer incrédulo ya me golpeo el pecho y reconozco que este fin de semana se cumplió el primer paso, porque no sólo ganó el Madrid, sino que lo hizo con un fútbol soberbio, con goleada incluida y, si bien es cier to que la diferencia particular de goles sigue favoreciendo al Barcelona, no lo es menos que muchos (muchos malvados, se entiende) hubieran concedido esa baza a cambio de la lesión de Iniesta, el jugador más determinante de la Liga.
En resumen, se podría decir que todo aquello que podía minar la confianza del Barça ocurrió. El efecto sobre el barcelonismo y su agitado entorno es imprevisible, tanto como la influencia que tendrá el triunfo del Espanyol, un vecino absolutamente incómodo que se revela como un verdugo terrible cuando la tensión es máxima. Es el mismo guión de la película que se rodó hace un par de campeonatos y concluyó de la forma más inesperada, con un gol de Tamudo a pocos minutos del final del partido. La afición del Camp Nou, en ocasiones, ve fantasmas. Este año ha vuelto a pasar pero a la mitad del rodaje y con distinto protagonista. Iván de la Peña, un viejo conocido, se vistió el mismo traje de su compañero para cobrarse viejas deudas con dos goles que ensombrecen el desenlace liguero. Los tantos tuvieron rango y luz de fase final de Copa del Mundo, ya que reunían todos los alicientes posibles, intervención estelar del actor secundario más reconocido y un par de giros de guión que estuvieron a punto de dislocarnos la cintura, y no es metáfora. Durante un encuentro de semejante emoción se activan músculos desconocidos que después de miles de respingos provocan que los que no jugamos acabemos igual de agotados que los protagonistas, o más.
El siempre ingenioso Woody Allen admiraba del deporte su capacidad para generar guiones imprevisibles y finales insólitos y ayer fue un magnífico ejemplo de que siempre tiene razón, porque si el choque parecía sencillo para el Barça hasta alimentar la convicción de una posible goleada, se puso de repente a merced del Espanyol, y cuando más parecía confirmarse el dominio barcelonista, su cercanía a la victoria, volvió a ser propiedad periquita a pesar de que deparó importantes emociones hasta los minutos finales, gracias a un gol de Touré Yayá que mantuvo la tensión hasta el final.
Mientras, el Madrid salió con entusiasmo y compromiso, en un notable estado de revolución, y amparado por el Bernabéu, que le convirtió en un equipo casi imparable, aunque sea a costa de la frágil defensa del Betis. En este caso bastó con el primer tiempo. Durante ese periodo, el Madrid estuvo desatado, implicadísimo y cayeron 6 goles. Raúl volvió a sumar dos tantos y Huntelaar anotó un doblete que le sirve para reivindicar su titularidad en la Liga, pues la batalla europea ya la perdió en los despachos por culpa de la ineficacia administrativa de sus superiores. Incluso hubo salto mortal de Sergio Ramos después de lograr el sexto gol, con el que finalizó la primera parte y, prácticamente, el partido. Sin embargo, renace la lucha por la Liga. Los arrepentidos y los inquietos tienen un mismo dato en la cabeza: 7 puntos de ventaja para el Barça, que visita al Atlético de Madrid la próxima jornada y tiene fijada en su calendario una incómoda escala en el Bernabéu a pocas jornadas de la finalización del espectáculo. Se presume un desenlace apasionante.




