
En el deporte, como en la vida, puedes elegir entre lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo alegre y lo triste. Lejos de planteamientos individuales, en la vida casi todos podemos coincidir a la hora de definir el significado de estas aptitudes. En el fútbol ocurre lo mismo. Y el mejor ejemplo ha sido el partido de vuelta de la Supercopa de España entre el Barcelona y el Real Madrid. Hubo momentos buenos y malos, cosas positivas y negativas, y aspectos alegres y tristes. En este caso, la subjetividad puntúa al alza y cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Nos vamos conociendo y sabiendo quién es quién en este negocio. Por eso somos capaces de distinguir que el partido de anoche tuvo dos partes claramente diferenciadas: una parte atractiva, que valió la pena y en la que el fútbol brilló con luz propia, y otra parte más oscura, que envilece un espectáculo que atrae a millones de personas en todo el mundo. Y si hablamos de fútbol, una vez más, hay que hablar de Lionel Messi. Digámoslo claramente y desterremos los complejos: Messi es el fútbol.
Podemos recordar polémicas entre jugadores, duras entradas, gestos desagradables, miradas desafiantes, comentarios dantescos y comportamientos despreciables. Pero no. Eso no es fútbol. Quedémonos con lo bueno. Quedémonos con un partido en el que vimos 5 goles y que a nadie habrá dejado con una sensación de indiferencia después de verlo. Quedémonos con una generación de futbolistas que, independientemente de la camiseta que vistan ellos y vistamos nosotros, valen el precio de pagar una entrada al estadio o de pasar más de una hora y media pegados al televisor o a la radio. Fue una noche de fútbol del bueno. Vimos a Casillas, Valdés, Ramos, Alves, Pepe, Piqué, Khedira, Busquets, Xabi Alonso, Xavi, Özil, Iniesta, Cristiano, Messi… También vimos el debut de Cesc Fábregas con la camiseta del Barça. Si por ver, hasta vimos de nuevo a Kaká con el que ya hacía tiempo que no nos encontrábamos en un partido de la máxima rivalidad. El resultado, eso sí, marca la diferencia entre un Real Madrid luchador, que se desfonda en el campo con tal de disparar entre los tres palos, y un Barcelona, que tiene tanta calidad que luce buen aspecto aún en estado embrionario. Porque este equipo todo lo que toca se convierte en oro y no pierde la elegancia ni aunque estemos en pleno verano.

El partido dio síntomas de por donde iba a transcurrir desde el primer minuto, cuando Cristiano lanzó un aviso a Valdés de que esta noche iba a tener trabajo. El Madrid salió revolucionado y taponó con oficio la circulación de balón del Barça, que se veía obligado a jugar en su propio campo por la presión asfixiante de un rival muy bien plantado sobre el terreno de juego. Pero, sin comerlo ni beberlo, el Madrid se encontró con el primer gol en su contra cuando no habían pasado ni 15 minutos desde el inicio. Messi quiso homenajear a Cesc Fábregas, se puso el traje de mediapunta y se inventó una jugada de tiralíneas que terminó con una precisa asistencia para Iniesta, que le puso el sombrero a la jugada ante la impotente mirada de Casillas. El golpe desencajó durante unos minutos al Madrid, pero los blancos no iban a perder de vista la victoria tan temprano. A la salida de un córner, Cristiano, al que nunca se puede descuidar, se quedó solo en el corazón del área y marcó a placer al primer toque. El empate alteró el ritmo del partido y los dos equipos se lanzaron misiles. Pedro, Cristiano, Özil y Messi pusieron a prueba la agilidad y los reflejos de Íker y Valdés, dos colosos bajo los palos.

Pero el Madrid estaba demasiado alterado y ese ritmo alocado lo aprovechó el Barça para acercarse sutilmente al gol. A este equipo le sobran paciencia, inteligencia y bazas para esperar sin perder los nervios sus oportunidades. Hasta que llegan los goles. Forzó un saque de esquina, Piqué aprovechó un barullo en el área para servir un vistoso taconazo que Messi no desaprovechó y culminó con frialdad ante Casillas. Fue un mazazo para el ímpetu madridista que se resume perfectamente en la imagen de Cristiano, arrodillado e impotente ante la majestuosa presencia del crack argentino. Una imagen que vale más que mil comparativas entre ambos jugadores. Los blancos se iban perdiendo al descanso y Mourinho se vio obligado a subir el ánimo de la tropa. Metió a Marcelo en sustitución de Khedira y el equipo ganó en capacidad ofensiva por las bandas. El encuentro se trabó y el carrete ofensivo de los azulgrana se detuvo. En esa tesitura, el Madrid ganó fuelle hasta que empató a la salida de otro córner gracias a Benzema, que actuó como el más listo de la clase y batió a Valdés con un remate seco después de una cadena de rebotes. Todo parecía ir encaminado hacia la prórroga.
El factor Cesc
Pero Guardiola es un hombre que sabe jugar sus cartas. Lo ha demostrado sobradamente desde que se sienta en el banquillo del Barça. Barajó sus cartas y se la jugó con un as: sacó a Cesc Fábregas al campo. Con un Camp Nou puesto en pie para rendir tributo al hijo pródigo, el Madrid perdió el paso y el baile se descompuso. No adivinó Mourinho ningún antídoto para la fórmula futbolística que dispuso su rival y dejó jugar a Cesc. El de Arenys tuvo metros para moverse a su antojo y, en una de sus primeras intervenciones, abrió a la banda derecha para la llegada de Adriano que sirvió un centro al corazón del área que cazó de primeras Messi para batir a Casillas y convertirse así en el máximo goleador de la historia de la Supercopa de España con 8 tantos. El argentino volvía a frustrar las esperanzas madridistas. Porque Messi es así. Cuando le pones a Casillas y la camiseta del Real Madrid delante, vuela y no le hace falta motor para aparecer en el momento oportuno. Lo lleva haciendo toda la vida y aún así sigue sorprendiendo a su rival preferido. Y eso que, paradójicamente, llevaba sin marcar un gol al equipo blanco en el Camp Nou desde el 13 de diciembre de 2008. Cosas del fútbol.

Lo que sucedió después del gol de Messi no fue fútbol. Fue un comportamiento vergonzoso y barriobajero por parte de los jugadores de uno y otro equipo que no se puede justificar de ninguna manera. Una dura entrada de Marcelo sobre Fábregas desató un clima prebélico en el terreno de juego y se formó una tangana que terminó con roja para Villa y Özil. Según recoge el acta escrito al finalizar el encuentro por Fernández Borbalán, ambos fueron expulsados por agarrarse y encararse con el juego parado después de salir desde el banquillo. Fue una imagen penosa que desgraciadamente contemplaron los espectadores de todo el mundo y que incluyó un gesto pandillero de Mourinho. El portugués le metió el dedo en el ojo, textualmente, al segundo entrenador del Barcelona, Tito Vilanova, que reaccionó con un empujón sobre el entrenador madridista. Mou no se vino abajo y le respondió poniendo morritos, un guión propio de una tragicomedia para olvidar que refleja algunos momentos impresentables que se producen en la sociedad y que conviene olvidar. No obstante, si el Comité Español de Disciplina Deportiva lo tiene a bien, sería interesante que abriera un expediente para depurar las responsabilidades pertinentes con los autores de los incidentes del Camp Nou. En cualquier caso, vale más quedarse con lo bueno. Con el fútbol. Con un futbolista como Leo Messi, el Di Stefano del siglo XXI.

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