Se apagó el sol del sportinguismo. Para siempre. Tiemblan los dedos al escribir esta frase, pero la vida tiene estos giros inesperados. Costará días, semanas, meses e incluso años, asumir que un traicionero infarto de corazón ha apagado para siempre, a los 54 años, la luz que iluminó al sportinguismo en las últimas temporadas. Porque Manuel Preciado Rebolledo extendió una frase que se ha repetido como una letanía durante los últimos años en Gijón: “Mañana saldrá el sol”. Así se define la vida de un hombre que lideró la revolución pacífica del sportinguismo. Así se ilustra con total precisión su etapa como entrenador del Sporting. Y así se titula el libro que narra las vivencias del entrenador cántabro y que escribieron los periodistas Javier Barrio y Carlos Llamas. Se va justo antes de ponerse al mando de un ilusionante proyecto en el Villarreal. Las tragedias tienen estas paradojas.
Apagada la luz del Preciado, se enciende la llama de la eternidad. Porque Preciado ya es eterno. Se lo ganó a pulso en el campo, a pesar del borrón que supuso su última temporada en el Sporting de la que no salió todo lo bien que se merecía al ser destituido por la mala trayectoria del equipo. Y, sobre todo, se lo ganó a pulso por su extraordinaria calidad humana. Su talla personal se comprobó desde el mismo día de su presentación en Gijón. Llegó a la sala de prensa de la Escuela de Fútbol de Mareo y se lamentó ante los periodistas del ambiente negativo que rodeaba al equipo.
“Me da la impresión de que si algo falta aquí, es alegría; alegría bien entendida y vamos a ver si entre todos damos un giro y hacemos posible lo que otros piensan que es imposible”, afirmó el entrenador de Astillero (Santander) en su primera rueda de prensa. Como si se tratara del discurso de un líder político de primer nivel, su mensaje caló en el sportinguismo y se extendió como un mantra por la ciudad. La afición se abrazó a la religión del “Preciadismo” y se declararon “preciadistas practicantes”, convirtiendo cada partido en El Molinón en una liturgia consagrada a su líder.
A la primera no pudo ser, pero a la segunda fue la vencida. En la temporada 2007-08, el Sporting logró el ascenso a Primera División después de diez campañas de travesía por el oscuro infierno de la Segunda. Y ahí no podía faltar Manuel Preciado. Para la posteridad queda la imagen del abrazo que se dio con su hijo Manu al final del partido contra el Eibar en El Molinón un 15 de junio de 2008. Era el tercer ascenso de su carrera después de subir de categoría a la Gimnástica de Torrelavega, al filial del Racing de Santander y al Levante. Pero ningún ascenso tenía el componente épico del conseguido por el Sporting. Lo necesitaba el equipo y, sobre todo, lo necesitaba la ciudad. Así nació una extraordinaria comunión entre afición y equipo, que consagró a Preciado como el indiscutible emperador del sportinguismo moderno y un abanderado de Gijón. Después de Quini, ningún personaje se ha comprometido ni identificado tanto con esta entidad. Por eso, ya han surgido voces que reclaman el nombramiento de Manuel Preciado Rebolledo como hijo predilecto de Gijón. Se le considera el cántabro más gijonés de la historia.
Hasta Jose Mourinho, con el que mantuvo un duro intercambio verbal durante la temporada 2010-11, ha dedicado una carta ´in memoriam´ a Preciado. Porque el fútbol español quiere a Preciado, un personaje que se ganó el aprecio general por su carácter afable, campechano y cabal. Y, por encima de todas las cosas, por ser un luchador que se sobrepuso a los obstáculos que le presentó la vida. En 2002 se fue su mujer por un cáncer; en 2004, su hijo murió tras un accidente de moto; en 2011, su padre falleció atropellado por un coche; y en un macabro guiño del destino, el 7 de junio de 2012, Manuel Preciado se fue al cielo con ellos. Parecía que el destino tenía preparada esta jugarreta para un hombre que afrontó la vida a cara descubierta: sin anclajes, sin chantajes y sin medias tintas. Hay vidas marcadas y la de Preciado parecía estar marcada por la tragedia. A pesar de todo, él decidió vivirla de frente y, haciendo gala de una eficiencia admirable, administró todos sus recursos para alcanzar la felicidad. Se mentalizó de que no merece la pena pasar la vida preocupado por pequeñas cosas. Y se convirtió en un defensor a ultranza de la alegría, aplicando a la realidad los versos de Benedetti.
Podría ser recordado por lo deportivo. Podría ser recordado por lo extradeportivo. Lo importante es que Preciado será recordado. En Gijón ya es un mito y la ciudad lo considera un hijo adoptivo. Esta ciudad se queda ahora resignada y melancólica. El descenso del Sporting queda en segundo plano porque las desgracias deportivas son subsanables, pero una pérdida humana no puede ser reemplazada por nada. Se fue Manuel Preciado. Se fue un buen hombre, un luchador, un tipo admirable. Sirvan estas líneas de responso gráfico para honrar en la hora del adiós a un vitalista para el que siempre saldrá el sol. Manuel Preciado ha sido una de esas estrellas que, en ocasiones, alumbra el fútbol. Porque Preciado siempre se comportó como ese hombre feo, fuerte y formal al que le cantó Loquillo: “En el calor de la noche, a plena luz del día, siempre dispuesto, para alegrarte el día. Hombre de bien a carta cabal”. ¡Hasta siempre, míster!





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