6.23 A.M. Nace un nuevo día en Gijón. A estas horas, la vida muestra su cara más peculiar. Las calles despliegan un mosaico de personas, colores y sonidos que entusiasma e impresiona a partes iguales. Unos comienzan el domingo, otros viven en plena fiesta sabatina y algunos terminan la jornada. Un retrato de la vida a esta orilla del Cantábrico.Cuando te vas de retirada en la madrugada de un sábado, si la vida lo permite, te fijas en todo. Cualquier cosa tiene su encanto, su interés, su originalidad. Y observas con curiosidad y frescura cómo unos viven extasiados por la farra nocturna. Te cruzas con chicas y chicos que caminan por las calles en dirección a sus respectivas casas. Y la estampa es variada, tal y como se denota de sus respectivas indumentarias. Unos comen, otras ríen, algunos conversan con mayor o menor intensidad y la mayoría campa a su rollo en solitario con la mente puesta en sabe Dios qué. Se trata de un peculiar espectáculo que, en muchos casos, termina en la cama, en otros en una cafetería donde se pone un broche particular a la jornada (chocolate o café con churros mediante. Algún osado se toma incluso otra copa para rematar la velada festiva) y ciertos juerguistas empedernidos acaban en un "after hour". El sábado lo perdona todo. Hasta que más de uno se vaya para casa en plena tarde. El juerguista de hoy no renuncia a nada, tiene a su disposición un amplio abanico de posibilidades y ve todo un mundo por la ventana de la sala de fiestas. Y si quiere comida rápida hasta se come un "kebab".
En paralelo al paisanaje humano que transita por las calles se cruza el permanente tráfico de taxis y vehículos particulares. Sólo el sonido de sus motores rompe la calma chicha nocturna y llena el vacío de las calles. Los cantos de los pájaros también se pueden escuchar pero, en plena ciudad, con mucha menos intensidad. Una pena. También llama la atención la puesta en circulación de los primeros autobuses públicos que ponen en marcha sus motores poco a poco para cumplir con sus servicios y horarios. Su trabajo se mezcla con el que efectúan los repartidores de pan y periódicos que a esa hora cumplen con su rutina diaria al servicio de los que simultáneamente duermen, despiertan, bailan, beben, etc. Los hay que aprovechan el kilómetro cero del día para acercarse hasta las estaciones de tren y autobús que les desplazarán hacia una nueva jornada en destinos diferentes.
6.55 A. M. Y el intrépido observador se va para la cama con la satisfacción de saber que cualquiera tiene la opción de compartir estas mismas sensaciones y disfrutar con el olor especial de los amaneceres a esta orilla del Cántabrico. Gijón se acuesta y se pone en pie al mismo tiempo, gracias a una amplia oferta de posibilidades que demuestra que la vida nunca se detiene.
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