


Lewis Hamilton es el nuevo campeón del mundo de Fórmula Uno. Tras las alegrías del ascenso a Primera del Sporting, la victoria de España en la Eurocopa de fútbol y los éxitos de Rafa Nadal, he disfrutado como un niño con el agónico triunfo conseguido por el bravo muchacho británico que revolucionó el Gran Circo. A sus 23 años, Hamilton es el ganador más joven de un Mundial y el hijo pródigo de Gran Bretaña. Un piloto que simboliza toda la grandeza del deporte, al ser todo un ejemplo de superación y constancia. El mejor piloto ganó el título, y lo hizo defendiendo un estilo más honorable que cualquier otro. Un estilo elegante, con talento, que despierta recelos en muchos devotos de Fernando Alonso y en más de un piloto, pero que es más bello, más moderno, y que hace de las carreras un espectáculo atractivo para todos los publicos. Todos los honores para un gran vencedor que culmina la evolución del automovilismo.
Fue una victoria justa, hermosa y necesaria. Protagonizada por un chaval nacido en un pueblecito llamado Stevenage, que es la gran esperanza del deporte inglés. Ese triunfador de nacimiento al que se esperó durante muchos años en las islas británicas y que ha superado al futbolista David Beckham en los ránkings de popularidad y carisma de Reino Unido. En España, muchos hemos gozado con sus alegrías. Nos hemos enfadado con sus errores. Y hemos sufrido lo indecible por defender la inocencia deportiva de un joven piloto que tuteó a todo un bicampeón del mundo. A los españoles nos puede el forofismo y hemos imitado un viejo defecto francés e inglés: el chovinismo. Está bien valorar lo propio, pero no se puede despreciar lo ajeno. Rafa Nadal es un gran campeón, pero su grandeza tiene en Federer al mejor complemento. Gasol ha triunfado en la NBA, gracias al respaldo de un equipo como los Lakers donde su calidad luce mucho más. Y las hazañas pirenaicas de Alberto Contador brillarán mucho más con la sombra de Armstrong detrás. Somos así. Y nos gusta. Pero debemos tener respeto. Porque lo que no quieras para tí, no lo quieras para tus rivales. Esta carrera ha castigado a los que desean el mal del prójimo y lo ha hecho de la manera más placentera para los que han acompañado al McLaren de Lewis. Con un adelantamiento invisible que no detectó ni la inteligente vista del maestro Pedro de la Rosa, un señor en los circuitos y un caballero de la vida.
La Fórmula Uno no es como el fútbol. La incertidumbre de las carreras llega hasta la última curva de la última vuelta. No hay márgen para la especulación con el resultado. No cabe la relajación porque lo que has conseguido en 70 vueltas, lo puedes perder en un segundo. Es imprevisible y cruel. Fernando Alonso comenzó a encarrilar su primer Mundial gracias al desgraciado accidente sufrido por el finlandés Kimi Raikkonen a falta de dos vueltas en el circuito alemán de Nurburgring, cuando ocupaba la primera posición. Y el gran Michael Schumacher rompió el motor de su imponente Ferrari en un Gran Premio de Japón, cuando marchaba en cabeza en la penúltima carrera de la temporada 2005-06. Son las cosas de este deporte. Un deporte muy cruel que castiga la ingenuidad y el desenfreno. Lo comprobó el propio Hamilton hace un año cuando perdió el título mundial en Interlagos. Parece simple, pero es así. La proyección internacional de la Fórmula Uno ha crecido tras este triunfo de Hamilton, no sólo porque es el mejor piloto, sino porque corona un hermoso cuento con sueños cumplidos y enemigos batidos que hace felices a muchos.
Gracias a Felipe Massa por perder con nobleza lo que rozó gracias a una trayectoria sobresaliente. Lo pude comprobar desde las gradas del circuito urbano de Valencia, donde Felipe consiguió un triunfo incontestable. Gracias a Michael Schumacher por engancharme a este espectáculo único. Gracias a Kimi por ser tan rápido y genuino. Gracias a Ron Dennis, por formar una escudería muy especial en la que su tozudez ha sido el elemento básico para formar un grupo feliz. Y un recuerdo especial para Fernando Alonso, un prodigio al volante que ha sido víctima de su enorme afán competitivo.
Fue una victoria justa, hermosa y necesaria. Protagonizada por un chaval nacido en un pueblecito llamado Stevenage, que es la gran esperanza del deporte inglés. Ese triunfador de nacimiento al que se esperó durante muchos años en las islas británicas y que ha superado al futbolista David Beckham en los ránkings de popularidad y carisma de Reino Unido. En España, muchos hemos gozado con sus alegrías. Nos hemos enfadado con sus errores. Y hemos sufrido lo indecible por defender la inocencia deportiva de un joven piloto que tuteó a todo un bicampeón del mundo. A los españoles nos puede el forofismo y hemos imitado un viejo defecto francés e inglés: el chovinismo. Está bien valorar lo propio, pero no se puede despreciar lo ajeno. Rafa Nadal es un gran campeón, pero su grandeza tiene en Federer al mejor complemento. Gasol ha triunfado en la NBA, gracias al respaldo de un equipo como los Lakers donde su calidad luce mucho más. Y las hazañas pirenaicas de Alberto Contador brillarán mucho más con la sombra de Armstrong detrás. Somos así. Y nos gusta. Pero debemos tener respeto. Porque lo que no quieras para tí, no lo quieras para tus rivales. Esta carrera ha castigado a los que desean el mal del prójimo y lo ha hecho de la manera más placentera para los que han acompañado al McLaren de Lewis. Con un adelantamiento invisible que no detectó ni la inteligente vista del maestro Pedro de la Rosa, un señor en los circuitos y un caballero de la vida.
La Fórmula Uno no es como el fútbol. La incertidumbre de las carreras llega hasta la última curva de la última vuelta. No hay márgen para la especulación con el resultado. No cabe la relajación porque lo que has conseguido en 70 vueltas, lo puedes perder en un segundo. Es imprevisible y cruel. Fernando Alonso comenzó a encarrilar su primer Mundial gracias al desgraciado accidente sufrido por el finlandés Kimi Raikkonen a falta de dos vueltas en el circuito alemán de Nurburgring, cuando ocupaba la primera posición. Y el gran Michael Schumacher rompió el motor de su imponente Ferrari en un Gran Premio de Japón, cuando marchaba en cabeza en la penúltima carrera de la temporada 2005-06. Son las cosas de este deporte. Un deporte muy cruel que castiga la ingenuidad y el desenfreno. Lo comprobó el propio Hamilton hace un año cuando perdió el título mundial en Interlagos. Parece simple, pero es así. La proyección internacional de la Fórmula Uno ha crecido tras este triunfo de Hamilton, no sólo porque es el mejor piloto, sino porque corona un hermoso cuento con sueños cumplidos y enemigos batidos que hace felices a muchos.
Gracias a Felipe Massa por perder con nobleza lo que rozó gracias a una trayectoria sobresaliente. Lo pude comprobar desde las gradas del circuito urbano de Valencia, donde Felipe consiguió un triunfo incontestable. Gracias a Michael Schumacher por engancharme a este espectáculo único. Gracias a Kimi por ser tan rápido y genuino. Gracias a Ron Dennis, por formar una escudería muy especial en la que su tozudez ha sido el elemento básico para formar un grupo feliz. Y un recuerdo especial para Fernando Alonso, un prodigio al volante que ha sido víctima de su enorme afán competitivo.
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