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lunes, 19 de septiembre de 2011
Somos los mejores
¿Y España, qué? ¿Otra vez campeona de Europa? Sí. Una vez más. Como en 2009. Como en el inolvidable Mundial de Japón de 2006, un campeonato histórico porque allí nació la etapa más gloriosa del baloncesto español. Allí se vivió la génesis de una generación de oro; la generación de los Gasol, Calderón, Navarro, Rudy, Mumbrú… Son admirables. Han conseguido que muchos ya no solo queramos ser tan guapos, ricos y buenos como los futbolistas. Ahora queremos ser jugadores de baloncesto. Nos dejamos barba como ellos ya que no podemos ser tan altos como ellos. Así es la vida. Pero la principal lección que se extrae de su triunfo es que para triunfar no solo importan la belleza y la cuenta corriente, sino que en la vida deben imperar otros valores como el compañerismo, la solidaridad, la lealtad, el buen rollo, la amistad… Y el talento, una aptitud que abunda en el grupo humano que dirige Sergio Scariolo. Si a ese talento innato se le añade la cohesión, el resultado es una pandilla de triunfadores a los que no les asustan los retos, por muy elevados que parezcan.
Ya no hay supersticiones, ni prejuicios, ni ogros. Los deportistas españoles se han sacudido los complejos y ya pueden mirar de tú a tú a cualquier rival. Sin miedo alguno. Vivimos la edad de oro del deporte español y tenemos que pararnos, pensarlo y disfrutarlo. No, no se moleste en pellizcarse: es real. Ya no nos queda ni un fantasma. Ya podemos ser los mejores en fútbol y en baloncesto. El mundo encaja. Se puede ser favorito y ganar, se puede jugar al balón y vivir, se puede ser pequeño y ser grande. El grupo de Scariolo ha demostrado que querer es poder; ellos se empeñaron en asaltar el oro de Lituania porque sabían que partían como favoritos, y lo consiguieron. No les asustaron las expectativas que se habían depositado sobre ellos. Y el inicio dubitativo del Europeo de Lituania no fue más que un espejismo. Esta selección nunca perdió el hambre de títulos, aunque no faltaron las dificultades desde que se lanzó el balón al aire por primera vez en este campeonato. Los jugadores espantaron las dudas a manotazos. Y las hicieron trizas. Como buenos gigantes que son.
Ni la Francia de los siempre amenazantes Parker, Noah, Diaw o Batum pudo resistir la fuerza de España. Son un equipo magnífico, repleto de jugadores con potencial NBA, pero ni eso les bastó para derrotar a la selección española. El músculo francés claudicó ante un rival que no necesitó de grandes esfuerzos defensivos para dominar el encuentro. Le bastó con tener fluidez en el juego de ataque, moviendo el balón de lado a lado, y en estar acertados en los lanzamientos a canasta. Nada más. La baza de Parker en ataque era el único recurso, pero su fogosidad siempre se encontró con el acierto anotador de España. La dirección de Calderón, los lanzamientos de Navarro y los tapones de Ibaka sirvieron para que los hombres de Scariolo empezaran a abrir brecha en el marcador hasta alcanzar los doce puntos de ventaja (46-34).
Solo hubo un momento de incertidumbre. Cuando Rudy cometió una falta antideportiva sobre Parker que provocó una formidable polémica sobre la pista. Se calentó el ambiente y se produjo un desbarajuste que perjudicó a España porque derivó en un triple de Batum y en un parcial desfavorable de 0-7. Pero aparecieron Gasol y Sada para calmar los ánimos y aportaron la lucha e inteligencia, que se echaba en falta en ataque y en defensa. Los franceses se volvieron a acercar al comienzo del tercer cuarto y se redujeron distancias en el marcador (56-49). Entonces volvió a explotar Navarro y, ayudado por la dirección de Calderón, consiguieron hacerse con el dominio de la situación y asfaltaron su camino hacia el oro. Parker se fue a menos, al tiempo que Navarro aumentaba su cuenta de anotación hasta conseguir 27 puntos que vuelven a demostrar quién es el mejor.
Y España ganó. Triunfó el talento, la estrategia y el trabajo en equipo. La generación de oro del deporte español se resiste a abandonar su hábitat natural: el podio, ese mágico lugar en el que todos somos guapos, ricos y buenos. La selección de Scariolo reina en Europa y concentra todos los argumentos que la convierten en un equipo de leyenda. Jamás había alcanzado cotas tan altas el baloncesto español. Jamás tantos quisimos vestirnos la camiseta de tirantes, el pantalón corto y las zapatillas para imitar a las estrellas del basket. Jamás amamos tanto al deporte de la canasta. Y no será porque no estábamos avisados: el ex seleccionador Pepu Hernández ya pronunció una palabra mágica después de ganar el Mundobasket de 2006: “Ba-lon-ces-to”. Él, mejor que nadie, sabía lo que estaba por venir. Ahora solo falta conseguir la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Londres para conseguir la cuadratura del círculo: la gloria total.
Este relato pudo haber sido una pléyade de elogios a todos y cada uno de los convocados. Méritos para ello han hecho. Pero el recuerdo que mejor destaca el campeonato tan extraordinario que disputaron los hombres de Scariolo, es la imagen de Felipe Reyes levantando el trofeo de campeón de Europa. Felipe, que perdió a su padre durante la fase de preparación, vivió un torneo muy duro. Cuesta mucho afrontar el día a día después de vivir una tragedia como esa. Arropado por la calidad humana que predomina en esta selección, el pívot ha tirado hacia adelante con la mente despejada y sin perder la ilusión. Este compañerismo se reflejó en el gesto del capitán, Juan Carlos Navarro, que le dejó levantar el título. La gloria reserva un lugar eterno para Navarro, tanto por factores deportivos como por humanidad. Y en ese olimpo de la historia también ocupará un lugar destacado Felipe Reyes, cuya entereza demuestra que estos deportistas son oro puro.
Esta crónica también se puede leer en una página web de referencia, www.iquattro.es
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