LA CRÓNICA
Debe de ser cierto eso de que se ha terminado el ciclo triunfal del Barcelona. Encajó un gol tonto en los primeros minutos y no dio la sensación de equipo sólido, e incluso cruel, de otras temporadas. Lo extraño es que el Madrid no fue capaz de aprovecharlo y apenas frecuentó el área de Valdés. Algún mal pensado incluso ensalza el mérito de Mourinho y lo señalan con el dedo, aunque no está bien eso de señalar, porque ha conseguido que la diferencia entre el Barça del primer año de Guardiola y el de esta temporada se haya reducido a la mitad: se ha pasado del 2-6 al 1-3. Ya se sabe aquello de que ocuparse en exceso de la alimentación de los cuervos lleva a que estas aves te extirpen los ojos. Anoche en el Bernabéu no cantaron las golondrinas, ni siquiera los gallos, aparecieron los cuervos y los buitres. Para disgusto de Don Emilio Butragueño y el resto de la nobleza madridista.
El Madrid echó cuerpo a tierra en cuanto el Barcelona se apoderó del balón. Y fió su suerte a la brillantez de sus estrellas, pero anoche estaba nublado en Concha Espina. No apareció la Luna. Ni siquiera Cristiano Ronaldo. Y eso que no había eclipse. Lo constatable, más allá del hermoso entorno, es que el Madrid ha hincado la rodilla en el peor momento, a su vez el más importante de lo que llevamos de temporada. No crean que me olvido de la Supercopa de España, pero el alzheimer selectivo no permite florituras en partidos de este calibre. Mundo cruel ese en el que el glamour de Cristiano, la magia de Ozil y el misticismo de Benzema choca con la testiculina de Puyol, la clarividencia de Xavi y el divismo de Messi. Como el buen comer, el fútbol es un arte y se saborea mucho mejor cuando acostumbras al paladar a los mejores platos. Y en Barcelona han demostrado tener mejor mano para este arte.
El partido fue una ensalada. Tuvo de todo y en sus justas proporciones. Fruto de un formidable barullo en el área del Barcelona, Benzema abrió el marcador con un gol que no ejerció un efecto balsámico. Fue aceite de colza envenenado para el Madrid porque a partir de aquí el plato que había cocinado Mourinho comenzó a desprender un fuerte olor a podrido. A ello contribuyo el guiso de Guardiola, que no apagó el fuego y fue fiel a sus convicciones. Renunció a la defensa de cuatro y, siguiendo las lecciones magistrales de Johan Cruyff, el Panoramix del Barça, pasó a una defensa formada por Puyol, Piqué y Abidal. Y Valdés, entre tanto, luciendo palmito porque se mantuvo en su línea habitual de juego combinativo, como si fuera un jugador más.
El paradón de Casillas a Messi sirvió de preámbulo de lo que estaba por llegar. Rayos y truenos, polvos y centellas, romanos contra galos. El gol del empate de Alexis, aprovechando una mano en forma de pase que le había tendido Messi, demostró que se puede matar con elegancia. La segunda parte de la batalla fue un paseo para el Barcelona, que se exhibió al toque de clarines, trompetas y violines de Xavi. Busquets y un superlativo Iniesta. Por si no fuera suficiente, el zumbido de Messi y Alexis terminó de cortocircuitar por completo las ideas del ejército de Mourinho. El colmo ya fue el gol de Xavi, ayudado por el desvío involuntario de Marcelo, que desmontó por completo a la tropa madridista. Y como una sentencia dulce, una forma de morir con una sonrisa, surgió Cesc Fábregas. El de Arenys recogió un bombón relleno de nata que le sirvió Alves desde la derecha y estableció el 1-3 definitivo ante un pueblo hundido, machacado y resignado a su suerte. Al Madrid no le quedó más remedio que plegar banderas y reconocer la superioridad del rival. Porque el gran mérito del Barça de Guardiola es que es capaz de llevarte feliz a la silla eléctrica.



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