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martes, 13 de diciembre de 2011

Mucho Barça para tan poco Madrid


LA CRÓNICA

Debe de ser cierto eso de que se ha terminado el ciclo triunfal del Barcelona. Encajó un gol tonto en los primeros minutos y no dio la sensación de equipo sólido, e incluso cruel, de otras temporadas. Lo extraño es que el Madrid no fue capaz de aprovecharlo y apenas frecuentó el área de Valdés. Algún mal pensado incluso ensalza el mérito de Mourinho y lo señalan con el dedo, aunque no está bien eso de señalar, porque ha conseguido que la diferencia entre el Barça del primer año de Guardiola y el de esta temporada se haya reducido a la mitad: se ha pasado del 2-6 al 1-3. Ya se sabe aquello de que ocuparse en exceso de la alimentación de los cuervos lleva a que estas aves te extirpen los ojos. Anoche en el Bernabéu no cantaron las golondrinas, ni siquiera los gallos, aparecieron los cuervos y los buitres. Para disgusto de Don Emilio Butragueño y el resto de la nobleza madridista.

El Madrid echó cuerpo a tierra en cuanto el Barcelona se apoderó del balón. Y fió su suerte a la brillantez de sus estrellas, pero anoche estaba nublado en Concha Espina. No apareció la Luna. Ni siquiera Cristiano Ronaldo. Y eso que no había eclipse. Lo constatable, más allá del hermoso entorno, es que el Madrid ha hincado la rodilla en el peor momento, a su vez el más importante de lo que llevamos de temporada. No crean que me olvido de la Supercopa de España, pero el alzheimer selectivo no permite florituras en partidos de este calibre. Mundo cruel ese en el que el glamour de Cristiano, la magia de Ozil y el misticismo de Benzema choca con la testiculina de Puyol, la clarividencia de Xavi y el divismo de Messi. Como el buen comer, el fútbol es un arte y se saborea mucho mejor cuando acostumbras al paladar a los mejores platos. Y en Barcelona han demostrado tener mejor mano para este arte.


El partido fue una ensalada. Tuvo de todo y en sus justas proporciones. Fruto de un formidable barullo en el área del Barcelona, Benzema abrió el marcador con un gol que no ejerció un efecto balsámico. Fue aceite de colza envenenado para el Madrid porque a partir de aquí el plato que había cocinado Mourinho comenzó a desprender un fuerte olor a podrido. A ello contribuyo el guiso de Guardiola, que no apagó el fuego y fue fiel a sus convicciones. Renunció a la defensa de cuatro y, siguiendo las lecciones magistrales de Johan Cruyff, el Panoramix del Barça, pasó a una defensa formada por Puyol, Piqué y Abidal. Y Valdés, entre tanto, luciendo palmito porque se mantuvo en su línea habitual de juego combinativo, como si fuera un jugador más.

El paradón de Casillas a Messi sirvió de preámbulo de lo que estaba por llegar. Rayos y truenos, polvos y centellas, romanos contra galos. El gol del empate de Alexis, aprovechando una mano en forma de pase que le había tendido Messi,  demostró que se puede matar con elegancia. La segunda parte de la batalla fue un paseo para el Barcelona, que se exhibió al toque de clarines, trompetas y violines de Xavi. Busquets y un superlativo Iniesta. Por si no fuera suficiente, el zumbido de Messi y Alexis terminó de cortocircuitar por completo las ideas del ejército de Mourinho. El colmo ya fue el gol de Xavi, ayudado por el desvío involuntario de Marcelo, que desmontó por completo a la tropa madridista. Y como una sentencia dulce, una forma de morir con una sonrisa, surgió Cesc Fábregas. El de Arenys recogió un bombón relleno de nata que le sirvió Alves desde la derecha y estableció el 1-3 definitivo ante un pueblo hundido, machacado y resignado a su suerte. Al Madrid no le quedó más remedio que plegar banderas y reconocer la superioridad del rival. Porque el gran mérito del Barça de Guardiola es que es capaz de llevarte feliz a la silla eléctrica.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Madrid, Barça y el miedo escénico


El miedo escénico ha tomado el puente aéreo. El miedo escénico, esa célebre expresión de Gabriel García Márquez que Jorge Valdano tomó prestada para definir el miedo que un jugador sentía cuando saltaba al césped del estadio Santiago Bernabéu. Gabo admitía tener miedo cuando saltaba a un escenario por el terror que le producía estar solo en el escenario, ante un auditorio pendiente de sus palabras. Ese mismo sentimiento de pánico, según Valdano, paralizaba a los rivales europeos del Real Madrid en el Bernabéu. La presencia machacona de un público agobiante, bullicioso e impulsivo, que creaba un ambiente muy tenso, atenazaba cuerpo y mente de los visitantes que salían bloqueados, y muchas veces goleados, del coliseo madridista. Y no solo los equipos europeos jugaban amordazados, el propio Fútbol Club Barcelona fue víctima del miedo escénico cuando jugaba contra su eterno rival. Cada visita al feudo merengue se convertía en un marrón para el Barça. Por ahí se puede encontrar respuesta a varias derrotas sonadas de los culés en Chamartín: 5-0 en 1995, 2-0 en 1996, 3-0 en 2000, 4-1 en 2008...

Pero la historia ha cambiado. Y de qué forma. La etapa triunfal que vive el barcelonismo desde hace tres temporadas ha cambiado las tornas y el miedo escénico cunde ahora entre el madridismo. Los madridistas ya no afrontan de la misma forma un partido contra el máximo rival. Lógicamente se mantiene el respeto, pero el miedo escénico se ha instalado entre los propios madridistas. Los jugadores están acosados por los rumores, las críticas y el juego del rival, mientras que los aficionados sufren desconfianza, incertidumbre, miedo y vergüenza ajena al ver que sus futbolistas y ellos mismos son víctimas de las burlas hirientes de sus eternos rivales. Grandes jugadores como Casillas, Cristiano, Xabi Alonso y Sergio Ramos salen acogotados en los clásicos, y la razón de fondo es el miedo escénico que aparece como un fantasma en cuanto las cosas se tuercen mínimamente. No pierden el espíritu ganador, por supuesto, pero la ola invisible de la desconfianza les coarta.

De eso se beneficia el Barcelona. Lo lleva haciendo en las últimas temporadas. Se nota la mano de Guardiola. Desde que el de Santpedor es el entrenador culé, la atmósfera del positivismo se ha instalado en el Camp Nou y el miedo escénico del Bernabéu se ha vuelto en contra del Madrid. El propio Guardiola es consciente de ello aunque haya declarado que envidia la mentalidad ganadora y la tradicional tendencia al éxito del madridismo. No le falta razón, pero esa humildad va acompañada de una rebeldía ante la historia. Porque Guardiola no está de acuerdo con la concepción histórica del miedo escénico que apadrinó Jorge Valdano, quien a su vez sostiene que el Barça ha derrotado al Madrid en el terreno de la propaganda. Guardiola ha vivido intensamente esta rivalidad y por eso conoce como nadie las entrañas del adversario. Y ataca por ahí.

Guardiola ha conseguido exprimir al máximo las fobias históricas de los madridistas hacia su equipo. Y las utiliza como arma arrojadiza. Sabe muy bien que el madridismo se puede volver en contra de sus jugadores en el momento que las cosas les salgan mal. Mete mano por ahí porque sabe que lo necesita para reforzar la moral de sus hombres. Porque sabe que el Barcelona necesita más para superar a un enemigo tan poderoso. Goles, ruido, impulso, rabia, mentalidad ganadora. Necesita ese viento que genera la afición madridista y que se propaga como un rodillo por el terreno de juego, allí donde solo saben mantener la cabeza fría los más grandes. Necesita del miedo escénico. Ese miedo escénico se dejó sentir anoche en el Bernabéu a pesar de que el Madrid navegó a favor de corriente por el tempranero gol de Benzema que convirtió al estadio en una caldera. Pero esa fogosidad se puede volver en contra del que la genera cuando las cosas no salen como se imaginan. Y ayer muchos madridistas creyeron que le iban a devolver la manita al Barça. Con eso, y con la calidad de sus futbolistas, contaba ayer el de Santpedor, que se ha permitido el lujo de relegar a un segundo plano a David Villa.

La fatiga acumulada por la fogosidad inicial pasó factura a los madridistas. La intensidad de los primeros minutos se fue apagando, al tiempo que caían embrujados por el insultante dominio de la pelota de los azulgrana. El público se impacientó y el Bernabéu bajó de revoluciones. El miedo escénico se apoderó de los jugadores y de los aficionados del Madrid. El Barça se creció y abrió el tarro de esencias. Iniesta, Xavi, Busquets, Fábregas y Messi se vistieron el traje de las grandes noches y tiraron de repertorio para lucir en el mejor escaparate posible. Llegaron tres goles como pudieron llegar seis. Cristiano se desesperó y la imagen de Casillas tumbado en el césped después del gol de Cesc ilustra a la perfección la impotencia blanca. Y el Madrid se fue al vestuario con la desesperación lógica de comprobar que el miedo escénico se ha vuelto en su contra.

martes, 30 de agosto de 2011

¡Qué bueno es Messi!


En el deporte, como en la vida, puedes elegir entre lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo alegre y lo triste. Lejos de planteamientos individuales, en la vida casi todos podemos coincidir a la hora de definir el significado de estas aptitudes. En el fútbol ocurre lo mismo. Y el mejor ejemplo ha sido el partido de vuelta de la Supercopa de España entre el Barcelona y el Real Madrid. Hubo momentos buenos y malos, cosas positivas y negativas, y aspectos alegres y tristes. En este caso, la subjetividad puntúa al alza y cada uno puede sacar sus propias conclusiones. Nos vamos conociendo y sabiendo quién es quién en este negocio. Por eso somos capaces de distinguir que el partido de anoche tuvo dos partes claramente diferenciadas: una parte atractiva, que valió la pena y en la que el fútbol brilló con luz propia, y otra parte más oscura, que envilece un espectáculo que atrae a millones de personas en todo el mundo. Y si hablamos de fútbol, una vez más, hay que hablar de Lionel Messi. Digámoslo claramente y desterremos los complejos: Messi es el fútbol.

Podemos recordar polémicas entre jugadores, duras entradas, gestos desagradables, miradas desafiantes, comentarios dantescos y comportamientos despreciables. Pero no. Eso no es fútbol. Quedémonos con lo bueno. Quedémonos con un partido en el que vimos 5 goles y que a nadie habrá dejado con una sensación de indiferencia después de verlo. Quedémonos con una generación de futbolistas que, independientemente de la camiseta que vistan ellos y vistamos nosotros, valen el precio de pagar una entrada al estadio o de pasar más de una hora y media pegados al televisor o a la radio. Fue una noche de fútbol del bueno. Vimos a Casillas, Valdés, Ramos, Alves, Pepe, Piqué, Khedira, Busquets, Xabi Alonso, Xavi, Özil, Iniesta, Cristiano, Messi… También vimos el debut de Cesc Fábregas con la camiseta del Barça. Si por ver, hasta vimos de nuevo a Kaká con el que ya hacía tiempo que no nos encontrábamos en un partido de la máxima rivalidad. El resultado, eso sí, marca la diferencia entre un Real Madrid luchador, que se desfonda en el campo con tal de disparar entre los tres palos, y un Barcelona, que tiene tanta calidad que luce buen aspecto aún en estado embrionario. Porque este equipo todo lo que toca se convierte en oro y no pierde la elegancia ni aunque estemos en pleno verano.

El partido dio síntomas de por donde iba a transcurrir desde el primer minuto, cuando Cristiano lanzó un aviso a Valdés de que esta noche iba a tener trabajo. El Madrid salió revolucionado y taponó con oficio la circulación de balón del Barça, que se veía obligado a jugar en su propio campo por la presión asfixiante de un rival muy bien plantado sobre el terreno de juego. Pero, sin comerlo ni beberlo, el Madrid se encontró con el primer gol en su contra cuando no habían pasado ni 15 minutos desde el inicio. Messi quiso homenajear a Cesc Fábregas, se puso el traje de mediapunta y se inventó una jugada de tiralíneas que terminó con una precisa asistencia para Iniesta, que le puso el sombrero a la jugada ante la impotente mirada de Casillas. El golpe desencajó durante unos minutos al Madrid, pero los blancos no iban a perder de vista la victoria tan temprano. A la salida de un córner, Cristiano, al que nunca se puede descuidar, se quedó solo en el corazón del área y marcó a placer al primer toque. El empate alteró el ritmo del partido y los dos equipos se lanzaron misiles. Pedro, Cristiano, Özil y Messi pusieron a prueba la agilidad y los reflejos de Íker y Valdés, dos colosos bajo los palos.


Pero el Madrid estaba demasiado alterado y ese ritmo alocado lo aprovechó el Barça para acercarse sutilmente al gol. A este equipo le sobran paciencia, inteligencia y bazas para esperar sin perder los nervios sus oportunidades. Hasta que llegan los goles. Forzó un saque de esquina, Piqué aprovechó un barullo en el área para servir un vistoso taconazo que Messi no desaprovechó y culminó con frialdad ante Casillas. Fue un mazazo para el ímpetu madridista que se resume perfectamente en la imagen de Cristiano, arrodillado e impotente ante la majestuosa presencia del crack argentino. Una imagen que vale más que mil comparativas entre ambos jugadores. Los blancos se iban perdiendo al descanso y Mourinho se vio obligado a subir el ánimo de la tropa. Metió a Marcelo en sustitución de Khedira y el equipo ganó en capacidad ofensiva por las bandas. El encuentro se trabó y el carrete ofensivo de los azulgrana se detuvo. En esa tesitura, el Madrid ganó fuelle hasta que empató a la salida de otro córner gracias a Benzema, que actuó como el más listo de la clase y batió a Valdés con un remate seco después de una cadena de rebotes. Todo parecía ir encaminado hacia la prórroga.

El factor Cesc

Pero Guardiola es un hombre que sabe jugar sus cartas. Lo ha demostrado sobradamente desde que se sienta en el banquillo del Barça. Barajó sus cartas y se la jugó con un as: sacó a Cesc Fábregas al campo. Con un Camp Nou puesto en pie para rendir tributo al hijo pródigo, el Madrid perdió el paso y el baile se descompuso. No adivinó Mourinho ningún antídoto para la fórmula futbolística que dispuso su rival y dejó jugar a Cesc. El de Arenys tuvo metros para moverse a su antojo y, en una de sus primeras intervenciones, abrió a la banda derecha para la llegada de Adriano que sirvió un centro al corazón del área que cazó de primeras Messi para batir a Casillas y convertirse así en el máximo goleador de la historia de la Supercopa de España con 8 tantos. El argentino volvía a frustrar las esperanzas madridistas. Porque Messi es así. Cuando le pones a Casillas y la camiseta del Real Madrid delante, vuela y no le hace falta motor para aparecer en el momento oportuno. Lo lleva haciendo toda la vida y aún así sigue sorprendiendo a su rival preferido. Y eso que, paradójicamente, llevaba sin marcar un gol al equipo blanco en el Camp Nou desde el 13 de diciembre de 2008. Cosas del fútbol.


Lo que sucedió después del gol de Messi no fue fútbol. Fue un comportamiento vergonzoso y barriobajero por parte de los jugadores de uno y otro equipo que no se puede justificar de ninguna manera. Una dura entrada de Marcelo sobre Fábregas desató un clima prebélico en el terreno de juego y se formó una tangana que terminó con roja para Villa y Özil. Según recoge el acta escrito al finalizar el encuentro por Fernández Borbalán, ambos fueron expulsados por agarrarse y encararse con el juego parado después de salir desde el banquillo. Fue una imagen penosa que desgraciadamente contemplaron los espectadores de todo el mundo y que incluyó un gesto pandillero de Mourinho. El portugués le metió el dedo en el ojo, textualmente, al segundo entrenador del Barcelona, Tito Vilanova, que reaccionó con un empujón sobre el entrenador madridista. Mou no se vino abajo y le respondió poniendo morritos, un guión propio de una tragicomedia para olvidar que refleja algunos momentos impresentables que se producen en la sociedad y que conviene olvidar. No obstante, si el Comité Español de Disciplina Deportiva lo tiene a bien, sería interesante que abriera un expediente para depurar las responsabilidades pertinentes con los autores de los incidentes del Camp Nou. En cualquier caso, vale más quedarse con lo bueno. Con el fútbol. Con un futbolista como Leo Messi, el Di Stefano del siglo XXI.


Este artículo también se puede leer en una página web de referencia, www.iquattro.es

jueves, 21 de abril de 2011

Un equipo tocado


El Barcelona ha perdido la Copa del Rey ante el Real Madrid. Algunos dirán que es solo un título y otros dirán que es, nada más y nada menos, que un título; el caso es que el equipo azulgrana no ha sido capaz de superar a su eterno rival en un partido a cara o cruz y ha perdido el primer título de la temporada. Salió cruz y el equipo de Cristiano, Mourinho y Florentino ha vuelto a ganar 19 años después el torneo del K.O. Con la Liga en el bolsillo, ahora los hombres de Guardiola solo tienen un objetivo en mente: ganar la Champions League, la Liga de Campeones, la vieja Copa de Europa, como se quiera llamar al torneo de clubes más prestigioso del mundo. Para ello tendrán que volver a superar al Real Madrid, su rival en semifinales, en una eliminatoria a doble partido que se prevé que volverá a ser electrizante. ¿Lo conseguirán? El que suscribe no lo tiene muy claro...

Muy justo de gasolina ha llegado el Barça al tramo final de la temporada. Ya sea por lesiones o sobrecarga de partidos, a algunos jugadores como Messi o Villa les falta esa chispa especial y esa claridad de ideas que les ha llevado a ser un terror constante para los defensores rivales. Si tus dos principales referencias ofensivas estornudan, el equipo se resfría. Y eso se traduce en un amontonamiento de jugadores en torno a la portería contraria a la que llegan los disparos con cuentagotas. Se juega más en horizontal que en vertical y eso, ante una defensa ordenada como la del Real Madrid, con hombres de la experiencia de Pepe y Carvalho, equivale a estrellarse una y otra vez contra una pared de ladrillos. Desde pequeño me enseñaron que una de las cosas más importantes en el mundo del fútbol es terminar las jugadas, o mejor dicho, tirar a puerta. Y amén de profundidad para dar el último pase, el Barça evidencia una preocupante falta de pegada. 

En honor a la verdad hay que reseñar que el Barça tuvo ocasiones más que de sobra para llevarse la final de la Copa. Tras un primer tiempo titubeante, el equipo se recuperó y la segunda parte fue un recital de posesión a cargo del conjunto azulgrana. Nadie discute que, hoy por hoy, el Barcelona es el mejor equipo del mundo con el balón en los pies. Los niveles de posesión de cada partido lo dejan muy claro. Y así terminan llegando las ocasiones, como las que ayer tuvieron Messi, Iniesta y Pedro, al que incluso se le anuló un gol por un más que cuestionable fuera de juego. Pero yo le pido más a un equipo que es capaz de practicar el juego más atractivo del mundo. Le pido goles, victorias, títulos. Y para eso hay que tirar a puerta. Desde que se fue Samuel Eto´o, actualmente en las filas del Inter de Milan, el Barça tira menos a puerta. Ni Ibrahimovic ni Villa tienen la contundencia y verticalidad del camerunés y eso se traduce en partidos como el que se jugó ayer en Valencia.

Lo confieso. No estoy de acuerdo con Guardiola en su decisión de recortar la plantilla hasta tal punto que cuenta con 14 jugadores para afrontar los partidos, amén de las distintas variantes que se puede ver obligado a introducir en función de lesiones o sanciones. Por la ingente calidad que tiene este bloque, se puede mantener esta filosofía durante la Liga sin que ello repercuta en una disminución del rendimiento del equipo en el campeonato doméstico. La Liga premia la regularidad y nadie discute que el juego del Barça nunca defrauda y siempre se mantiene fiel a una idea de fútbol. Esto está claro. Lo que no está tan claro es llegar a los meses más decisivos de la temporada con un banquillo en el que, de entrada, no hay un delantero suplente. Lesionado Bojan, más vale que Villa no coja ni un simple resfriado porque en ese caso, Guardiola se vería obligado a hacer filigranas en la línea atacante ubicando a Messi de delantero centro y permutando las posiciones de Pedro o Afellay, salvo que se suba a un delantero del filial. Es evidente que no resulta serio que un equipo como el Barcelona solo tenga un delantero centro (Villa) para afrontar 4 clásicos ante el Real Madrid, final de la Copa del Rey y semifinales de la Champions mediante, amén de los últimos partidos del campeonato liguero. De ahí viene la falta de gol que evidencia el equipo azulgrana en los exámenes finales del curso. Ahora mismo, tras las bajas de Bojan y Abidal, el Barcelona tiene un once tipo que es el formado por Valdés, Alves, Puyol (suponiendo que está para soportar el ritmo de la alta competición), Piqué, Adriano, Busquets, Xavi, Iniesta, Messi, Villa y Pedro, al que se le suman Keita, Mascherano y Afellay. Completan las convocatorias Pinto, Maxwell, Fontás y Thiago Alcántara, aunque sus participaciones suelen ser testimoniales.


Guardiola tiene un papelón ante sí. Después de lo que se pudo ver anoche en Mestalla, un partido vibrante en el que el Barça tuvo ocasiones más que sobradas para llevarse el triunfo, el entrenador azulgrana se ve en la obligación de levantar la moral de la tropa. Lo conseguirá, seguro, nadie puede discutir las dotes de motivador del entrenador de Santpedor. La principal tesitura a la que se verá sometido el entrenador es a la de realizar ajustes tácticos en la plantilla para superar partidos agónicos ante un rival de la categoría del Real Madrid de Jose Mourinho: un equipo que defiende con 7 hombres (Marcelo, Ramos, Pepe, Khedira, Carvalho, Xabi y Arbeloa se encargaron de frenar los ataques del Barça, anoche, en Mestalla) dejando a tres hombres de la calidad de Ozil, Cristiano Ronaldo y Di María en ataque para salir con velocidad a la contra y tratar de sorprender a la defensa azulgrana. Y eso sin contar a Benzema, Higuaín y Adebayor que parten como teóricos suplentes. Ese planteamiento, al que se le debe añadir la imprescindible presencia de Íker Casillas en la portería, es suficiente para combatir el fútbol de toque del Barça. Se demostró en la Copa del Rey y en el último clásico de la Liga, que terminó en empate a pesar de que el Madrid pudo desnivelarlo a su favor en los últimos minutos.

No me arriesgaré a dar un pronóstico sobre lo que ocurrirá en las semifinales de la Champions. En una eliminatoria a 180 minutos, si no hay prórroga, pueden suceder muchas cosas. Lo que sí tengo muy claro es que el Real Madrid es el favorito. Si Messi no recupera la inspiración, Villa no se reencuentra con el gol y la sombra del fuera de juego persigue a Pedro, el Real Madrid está un paso por delante. Porque el engranaje defensivo de Mourinho, formado por hombres curtidos en mil batallas futbolísticas, está más que capacitado para contener el tiki-taka de Busquets, Xavi e Iniesta y para sorprender a la contra a la inestable zaga azulgrana en la que Piqué, sin Puyol, se ve obligado a sobredimensionarse y su concentración defensiva se resiente. 

Sí, sé que peco de pesimista pero esta es una característica intrínseca a muchos barcelonistas. Que le vamos a hacer... Por eso me huelo que este año caerá "la décima".

miércoles, 23 de febrero de 2011

El empate de las contradicciones


La imagen de Florentino Pérez en el palco del Gerland resume a la perfección cómo fue el partido de anoche para el Real Madrid. Viendo esta instantánea, a la gente le entran las dudas. No se sabe si el presidente celebraba el gol de Benzema, reclamaba el posible penalti por manos de Gourcuff o se lamentaba tras perder la oportunidad de dejar sentenciada la eliminatoria. En cualquier caso, la foto de un Florentino más espontáneo de lo habitual capta muy bien el ambiente contradictorio que ha dejado entre el madridismo el empate conseguido anoche ante el Olympique de Lyon.

En los últimos minutos se ha confirmado que Florentino Pérez festejó así el gol de Benzema. Una imagen que recuerda a las celebraciones que protagoniza el nuevo dueño del Racing de Santander, el jeque indio Ali Syed. La foto da pie a pensar que, si Florentino Pérez es el protagonista de los minutos posteriores a un partido de octavos de la Liga de Campeones, el encuentro fue muy raro. ¿Lo fue? No es fácil descifrar el partido que sacó a la luz la cara más locuaz del presidente del Real Madrid.


Fue un partido contradictorio. Por un lado deja un poso de ilusión entre los madridistas que han vuelto a disfrutar con un Benzema capaz de decidir una eliminatoria por si mismo. Ya lo hizo en las semifinales de la Copa del Rey, con su gol en el Sánchez Pizjuán, y repitió faena en su antiguo hogar futbolístico. Sin embargo, al francés no le debió de parecer el tanto más importante y feliz de su carrera deportiva porque no lo celebró. Karim no quería ofender a los que habían sido sus compañeros y a la que había sido su afición. Por eso optó por contenerse ante su gente. "Les marcó, sí, pero que sepan que lo siento mucho", pareció reflexionar el delantero después de su ´fechoría´.

Benzema es un jugador que ya está bastante rodado futbolísticamente pero que no termina de encontrar su sitio en el Real Madrid. Ese sitio que tan clarísimamente pareció encontrarle Florentino Pérez cuando le fue a fichar a su casa. El máximo mandatario del conjunto blanco creyó haber encontrado al nuevo Ronaldo. Y esa impresión le ha pasado factura al bueno de Karim durante todo este tiempo. Es cierto que por fortaleza física y regate en velocidad recuerda en cierto modo al eterno cazagoles brasileño, pero las comparaciones siempre han sido odiosas. Y cuando se trata de analizar asuntos futbolísticos, aún más. Benzema es Benzema. Ni es Ronaldo ni es Anelka. Tiene un estilo propio que gustará más o gustará menos. Pero tiene su estilo.

El aire de meritorio persigue a Benzema, algo que contrasta con el grado de implicación que se está dando con Adebayor. A pesar de que llegó hace poco más de un mes al Real Madrid, parece que el togolés lleva toda la vida en el equipo blanco por su desparpajo y su compromiso con la causa madridista. Sus compañeros lo saben y le tratan con el cariño, respeto y complicidad que merece un veterano. También lo sabe Mourinho y por eso le sacó de titular en el Gerland.  El portugués confiaba en que la contundencia y el esfuerzo de ´Manolito´ bastarían para traer de cabeza a los defensas del Lyon. Y bien que lo intentó el chaval pero se dedicó en exceso a la contención más que a la definición. Al final, Mou tuvo que recurrir a Karim.

Con ese aire bohemio que le caracteriza, Karim saltó al campo recibiendo una calurosa ovación de una hinchada a la que sí le ha caído en gracia. Pero Karim había decidido que esta noche no tocaba ser Karim; tocaba ser Benzema, el profesional que es capaz de desequilibrar un partido en su primera intervención. Le bastó con ayudar a Ozil en la presión, seguir la jugada, estar bien colocado en posición de gol para recibir el balón y tirar a puerta. Una receta más vieja que la de las lentejas, sobre la que Mourinho le viene insistiendo a Benzema desde que lo entrena. Esta vez, el chaval captó el mensaje a la primera y ejecutó la receta a la perfección para poner por delante a su ´actual´ equipo. Conviene resaltar lo de actual porque parece que el Lyon lo quiere recuperar para su causa.


Con ventaja en el marcador y mayor determinación que en otras ocasiones, el Madrid vivía una tesitura muy favorable para romper su mala racha en el Gerland de Lyon. Antes del gol ya había dispuesto de tres buenas ocasiones protagonizadas por Cristiano Ronaldo y Sergio Ramos. En la primera, un durísimo lanzamiento de falta del portugués se estrelló en la cruceta de la meta defendida por Lloris; después, Sergio Ramos se anticipó a todos y cabeceó a la escuadra un saque de esquina y, a los pocos minutos, llegó la jugada polémica del partido. Cristiano ejecutó una falta que pegó en el codo de Gourcuff y generó múltiples protestas de todo el madridismo.  Mourinho saltó al campo a protestar y, cumpliendo con el deseo del portugués, parecía que Florentino acompañaría su litigio desde el palco, pero el ser superior se reservaba para el gol del hijo pródigo.

La hinchada francesa no parecía dispuesta a consentir que el equipo de su añorado Karim rompiese los maleficios y lanzó un conjuro en forma de ánimos continuos para espolear a su escuadra. Y lo consiguieron. El Lyon se fue con decisión al ataque, abriendo de par en par la posibilidad de un intercambio de golpes, y el Real Madrid lo pagó. Dejó huecos en defensa y por uno de esos huecos se coló el siempre astuto Gomis para marcar el gol del empate. Un tanto que mantiene el maleficio blanco en territorio francés y que deja al madridismo con una sensación contradictoria. Sin embargo, ganan los optimistas porque en la vuelta les valdría hasta con un 0-0 para pasar de ronda. De lo contrario, sí que deberían empezar a creer en un maleficio.