
No escribiré la palabra heredero salvo para decir que no lo haré. El peso de esa herencia ya aplastó a Saviola, Riquelme, D´Alessandro o Aimar. Tampoco diré sucesor, porque todo lo que nos sucede ahora (el ansia) procede de algo que nos sucedió hace años y que no tuvo sucesión. Debo decir, sin embargo, que Leo Messi, partido tras partido, recuerda al gran Diego Armando, a su forma de volar sobre el césped por encima de cualquier rival. Lo sé, sé muy bien que Leo aún no ha ganado un Mundial, ni un Balón de Oro. Ganó la Liga Española, la Copa de Europa y la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Pekín y eso, que es mucho, puede no ser suficiente.
Hubo campeones que sólo presumen de palmarés y otros que incluso brillaron y repitieron, pero que fueron incapaces en otros territorios. Las estrellas irrumpen cuando nadie lo espera y, muchas veces, cuando son casi adolescentes (Cristiano Ronaldo, Ronaldinho, Ronaldo, Van Basten...). Luego hay excepciones, caso de Zidane o Cannavaro, que se se consagraron a esa edad en la que hierven los campeones de cocción lenta. Por suerte, ser futbolista actualmente es una forma heroica de ganar con intensidad. Es el triunfo del juego físico, rápido y vistoso. De ahí que el fútbol ha terminado por desarrollar una nueva morfología de crack: mucha velocidad, gran capacidad para el regate, desmarque y un remate aplastante. Así es Messi.
Su exhibición en el Vicente Calderón (tres goles y jugadas electrizantes) es la última confirmación de todo lo que se puede dar de sí este argentino: es especial y, lo que es más importante, no tiene miedo, lo que denota carácter y ambición, requisitos casi tan importantes como tener piernas y talento. Ayer, se sobró él para hacer carbón con el Atlético de Madrid (1-3). Puede ser un chupón para muchos, pero su calidad no disminuye por esa razón. Lucha por sí mismo, por sus colores y vence, lo que no es mala fidelidad para alguien que gana entre 10 y 14 millones de euros al año. Lo saben los aficionados del Atleti y lo recompensaron con una sonora ovación cuando fue sustituido por Pedro. Pese a la victoria, el entrenador del Barça, Guardiola, mostraba una placidez, demasiado contenida, porque la eliminatoria no se ha acabado. "Le di la mano como a los demás", dijo Guardiola, quien advierte de que "estoy para advertirles que no pueden bajar los brazos". El técnico de Santpedor no huye del pasado, lo asume y lo afronta con decisión. Pep no olvida aquel gol maradoniano de Messi ante el Getafe en la Copa del Rey de hace dos años, que no valió para nada ante la posterior goleada sufrida en el Coliseo (4-0). El Barça tiene hambre de títulos.
La obsesión de Javier Aguirre por las rotaciones le jugó una mala pasada al Atlético, que terminó siendo un juguete en manos del Barça. Perdió su gran oportunidad en la Copa en favor de un Barcelona, al que pudo hacer daño en los primeros instantes del encuentro. Algo similar sucedió en el partido de Liga jugado en el Camp Nou hace unos meses y los atléticos encajaron media docena de goles a manos de un cuadro mucho más incisivo y resolutivo. La entrega no basta cuando te enfrentas a un rival tan poderoso. El partido resultó una fiesta para los culés y un envenenado regalo de Reyes para los colchoneros. No quiero ni pensar en la opción de que Guardiola hubiese dispuesto a todos los titulares sobre el césped del Calderón lo que habría deparado emociones más intensas. Si los aficionados del Atlético quieren buscar una lectura positiva a la derrota de hoy, encontrarán una buena razón en que el encuentro sirvió de lugar de reunión para que el público se hiciera sentir. Quizás hayan visto que su fuerza no es suficiente. Confiarán en que la vuelta depare otro desenlace. Soñarán en que Agüero volverá a vestirse de corto para intentar emular las gestas de su compatriota y desbordará al rival. Sin duda, son sueños porque hoy la realidad es Messi y eso es suficiente para aspirar a todos los títulos.
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